
Arte urbano sobre arte público
Con la legión de seguidores que hoy disfruta el arte urbano, nunca el graffiti fue tan reconocido, se ha liado un berenjenal de patatas pardas que uno no sabe ya si está viendo una obra de arte urbano, un mural festivalero o una inspiración repentina del vecino.
Yo no critico la profusión de material que fluye por las redes gracias a estos amantes del arte, pero me gustaría que fuesen más críticos a la hora de seleccionar sus fotografías. Ya no solo en lo que arte urbano se refiere, sino a la hora de elaborar sus álbumes. No hay que olviar que las fotografías ocupan espacio digital, de modo que consumen energía, y es loable ser ahorrador en lo que a energía se refiere. Es decir, ¡qué no gasteís la batería del móvil haciendo fotos a mierdas!!
Así que, en pro de la calidad de la información y el ahorro de energía, voy a distinguir entre el arte urbano y el arte público.
Entiendo el arte público como todo arte cuya exposición es libre y gratuita. Las esculturas de las rotondas, las gordas de Botero, la fotos de PHE en Recoletos o ese sublime Chillida que hay en la plaza del MACBA.
Todas estas obras son trabajos comisionados por diferentes administraciones. Esto puede parecer muy permisible, pero no hay que olvidar que si el Ayuntamiento no llega a estar presente, a costa de sus afanados billetes, pues el artista respectivo quizá hubiese pintado un enorme culo de taxista, o también esculpido e incluso proyectado.
Es de este modo el arte público un arte censurado y connivente. Recuérdese que desde hace siglos el arte público ha funcionado como extensión plástica del poder político. Sirvan como ejemplo la columna trajana, el esplendor urbano Medici, el Felipe IV ecuestre de la Plaza Mayor y hasta el Valle de los Caídos. Es siempre, por definición, un arte con un fin distinto que el de él mismo. Desde emperadores hasta alcaldes, ninguno de ellos encarga una obra por el mero arte.
A pesar de que algunas de estas obras son maestras, cualitativamente no son diferentes al paisaje tropical que un graffitero a pintado en la fachada del puticlub. Todas son encargos en las que el artista puede tener menor o mayor libertad artística, o mejor dicho, ninguna libertad artística, a juzgar por el presupuesto, el criterio de la mujer del alcalde, el concejal pintor y hasta el espacio donde quieren que les hagan su legado imperial.
Dentro del arte público existe una cosa que se llaman festivales de arte urbano, pero que son en realidad festivales de arte público en los que participan artistas urbanos. Quiero creer que en estos casos la libertad de los artistas es mayor y el interés megalómano del ayuntamiento menor. Pero va a ser imposible, más que nada por la segunda cuestión.
No obstante, el arte público es siempre un acicate para los artistas (solo no pagar material mola), y si son astutos a la hora de pactarlo con el concejal, pueden finalmente sacar apetitosos réditos del encargo. No ya solo económicamente, sino puramente artísticos. No serán los primeros que burlan la espada de la censura. En arte, es igual engañar a un concejal que a un emperador.
Después está el arte de las galerías, en donde en lugar de un concejal hay un experto en vender arte, de modo que se sustituye la intención de perdurar por la necesidad de vender, y el artista, por unas o por otras, nunca puede hacer lo que le viene en gana. Mientras el concejal dice “a ver qué me vas a hacer en la rotonda” el galerista dice “ni se te ocurra pintar un cuadrado negro”.
Y después está el arte urbano, en donde el artista no tiene más limitación que la de si mismo. Las obras no se crean para ser vendidas, y ni mucho menos para gloria que no sea la del propio artista.
El precio que el artista tiene que pagar por esta libertad es la ilegalidad de las obras. Sólo a través de ésta puede darse el arte urbano, y sólo a través de esta el artista disfruta de plena libertad creativa. Este precio, la apropiación del soporte, es inverso al que los artistas tienen en los dos casos anteriores. Aquellos cobran vendiendo parte de su libertad creativa; el artista urbano paga por disfrutar plenamente de ella.
Muchos disfrutan cuando ven una inmensa medianera de Os Gemeos con sus atrofiados amarillos y sus estampados olorosos. Claro, a estos nunca les dicen lo que tienen que pintar porque siempre hacen las mismas subnormalidades, y el concejal sabe que el engendro sonriente que le van a pintar en el pueblo, no es que solo vaya a mantener el orden, sino que lo va a reforzar.
El arte urbano, sin embargo, es un magnifico ejemplo de contrapoder artístico. Los ayuntamientos gastan miles de millones de billones de eurodólares en borrar sus obras precisamente por eso, porque no pueden impedir que un tipo pegue un cartel de Esperanza Aguirre con orejas de burro o de Rubalcaba persiguiendo pitufos. Esta es la verdadera virtud del arte urbano, que nada tiene que ver con las medianeras censuradas, los paneles de pladur coloreados o los cierres con publicidad a espray.