El más bello de los que conozco en el de Père-Lachaise de París. Fui a acompañar a alguien que quería ver la tumba de Jim Morrison. Pero a la salida me di cuenta que tenía que haber ido a ver otras tumbas. La lista de personalidades alli enterradas pone los pelos de punta. Delacroix, por ejemplo.
Pero a pesar de su belleza, visitar un cementerio es siempre triste. El estilo de los cipreses, las flores muertas, los anónimos nombres, las frías fechas… el esfuerzo por recordar.
Mi madre está enterrada en el cementerio de La Almudena. Un mar de tumbas en orden hipodámico por el que circulan autobuses interurbanos y taxis. Pero también es bonito. Supongo que la belleza contrarresta la tristeza y me siento cómodo allí cuando voy.
Cuando miro la tumba pienso —aquí ira mi nombre puesto—. Pero no mi cuerpo, que protagonizará fructíferas enseñanzas en la facultad de medicina.
Insisto en el materialismo. Pero cuando se está ante la sepultura de un ser querido siempre es mejor pensar que es libre y feliz. Pensar incluso que te está viendo y te acompaña, siempre en tu defensa.
Cuando te vas lo mejor es decir “ya nos veremos”.
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