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Ya apuntamos la semana que lo inauguraron aquello que pensaba sobre el nuevo pos-mercado. Pero ayer paseaba azarosamente por allí, plácidamente acompañado, y decidí entrar a verlo.
De inmediato, ella y yo, acudimos en busca de las ostras. Y mientras el ostrero, de origen francés igual que sus moluscos (ni una ostra gallega), abría los extraños bichos yo me ocupé de buscarl el vino. Porque lo bueno que tiene el sitio es que compras lo que te vayas a comer en un sitio y lo de beber en otro, y te los tomas todo más allá. Algo así como un mercado global en red.
Había ostras de diversos precios, pero decidimos comer las de a un euro. Porque las de dos tienen el tamaño de una babosa de peli serie B de los 70, y hay que tener mucho estómago para meterse en la boca semejante masa viscosa.
Nos trincamos una docena, y movidos por lo curioso del sitio y el hechizo de Dionisos, nos fuimos directos al puesto de los ahumados, donde uno puede encontrar finas anchoas y sabrosos arenques, truchas, bacalaos y salmones.
Y ya puestos, como en frente estaba el del jamón pues nos pedimos una ración. Del más barato, que seguí siendo ibérico y daba gusto. Ya por entonces nos habíamos pedido un par de buenos reservas, que pocos manjares ha que igualen al serrano y al vino en comunión.
Una advertencia. Si acaso pretendéis pedir una selección de queso, sabed que lo cortan al momento y todo esto le lleva a la señorita su tiempo. Aunque al final merece la pena, que el matrimonio de queso y vino es sagrado.
Y en fin, que nadie pretanda ir al mercado a comprar las patatas y las cebollas para hacer la tortilla, que no hayará ni rastro. Pero que no hay mejor sitio para tomar, ostras, jamón y queso en inmejorable compañía.
Qué, cómo se te queda el cuerpo.
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