
Imagen de la obra.
Construir una acción en la que cada personaje hable una lengua es sin lugar a dudas una tarea compleja y temeraria, y anima al espectador a presenciar la obra con cierta curiosidad e incluso expectación. El problema es que Marcelo Díaz (Argentina, 1955) no ha conseguido construir una acción. En la propia primera escena, cuando los personajes se encuentran ya dan de antemano que no se van a entender, y de uno a uno empiezan a soltar sus peroratas escritas en lengua ignota alli donde deberían haber minu nimi on Mónica, mon nom est Mónica o השם שלי הוא אדוארדו.
De esta forma desde el primer párrafo de la obra se instala un caos en el escenario que tira por tierra toda voluntad de comprensión por parte del espectador y de acción por parte del director. Resulta chocante que lo que se supone es un teatro social (el programa de mano dice que “… o anhelos reflejan la realidad del inmigrante en un escenario donde se superan las barreras del idioma”) no emplee el uso, no ya del texto, sino de la propia acción para elevar la voz sobre aquello que quiere denunciar.
Ni si quiera se ha tratado de valerse de las virtudes de la mímica, a pesar del cierto aroma a nariz de payaso que en ocasiones aflora en las tablas, como es el caso de la imitación que aparece, sin lugar a dudas la escena más divertida, pero también la más copiada. Y que además no tiene nada que ver con lo que se supone es el objeto de la obra.
La cosa se complica cuando los actores empiezan a relacionarse entre si. Creo que cada actor representaba más de uno, dos, tres personajes. Como eran siete actores pues debían salir unos 15 o 20 personajes que hablaban en distintas lenguas, una suerte de Colmena esquizofrénica. De modo que al final la obra no es más que una yuxtaposición de gags que nada tienen que ver los unos con los otros y que no permiten siquiera la comprensión individual porque están escritos en lenguas de más allá de Roma, como si no hubiese inmigrantes que hablasen español.
Y poner una escena detrás de otra no tiene merito alguno si estás no están conectadas, pero claro, crear una acción en la que cada personaje hable una lengua no es para todo el mundo.
Mención obligada el trabajo de los siete actores: Huichi Chiu, Abdel Benzahra, Simona Ferrar, Esosa Omo, Ana Carolina Martins, Mónica Vieru y Andrey Yaroshenko. No solo por su excelente inerpretación, sino por haber tenido que aguantar las directrices de tamaño mendrugo.
Por si fuera poco el atrevimiento, a pocos minutos de comenzar el improperio se produce una brutal agresión a una mujer, como si no tuviésemos suficientes casos en la vida como para tener que verla en el teatro. Agresión que se podría haber ahorrado con un poco de ingenio a no ser que el señor Marcelo Díaz (Argentina, 1955) quiera sumarse a la cruzada hollywoodiense por difundir la violencia.
Toda está reunión de desaciertos la define el programa de mano así: “Transit es una polifonía escénica donde la poesía visual puebla con frecuencia cada situación, y donde el humor y la ironía completan el punto de vista desde el que se trata el tema y acercan al público al universo del inmigrante”. Que es como si te pones a describir el vino en tetra-brick: “Aroma afrutado candoroso. Color intenso fluorado y reminiscencias de aluminio”.
Qué se puede esperar de una obra cuyo programa incluye una cita al artículo de un pelota pelotudo que dice ““A la salida dan ganas de invitar a todo el barrio de Lavapiés a que se vean reflejados” (Julio Castro).
Mis condolencias también para Mariano Llorente, dramaturgista de la obra.
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Estoy deseando ir a ver contigo una obra clásica que no puedas despellejar!
Comentario por la condesa descalza marzo 13, 2011 @ 12:32 am