Mientras su voz se hace borrosa la camarera me mira a la cara y me doy cuenta de que es Ana Botella. Puedo oler su maquillaje mientras me sonríe y se sienta junto a mí. Gallardón habla de reforma de las aceras y planes estructurales que se han salvado de la paralización. Arumenta que la Comunidad de Madrid ha abandonado el desdoblamiento de las M-198, la M-203 y la M-351.
Tengo la sensación de que me pide que pague la reforma de Serrano, y me culpa de las olimpiadas. Reflexiono incrédulo y noto como el olor de Botella comienza a marearme. La miro desorientado pero no consigo distinguir si es Botella o Esperanza Aguirre. Ambas se ríen como un monstruo de dos cabezas y pienso en las cejas de Gallardón antes de refugiarme de nuevo en su discurso.
Ahora detalla la buena calidad del aire y el descenso de los gases tóxicos pero yo oigo algo diferente. Pienso si me está diciendo con la mente otra cosa distinta a la de la boca y pongo atención colocado con el perfume de Botella y Aguirre. Me habla por dos canales pero pronto sólo comienzo a percibir uno. Es la misma palabra, pero dicha cada vez más fuerte, alcaldesa, alcaldesa, alcaldesaaaaa.
Estoy a punto de desmayarme, pero Gallardón no cesa en su empeño. Ahora oigo sus dos discursos a la vez. En uno cita la incorporación de 50 nuevos agentes municipales y en el otro alcaldesa, alcaldesa, alcaldesa. Entonces lo asimilo y miro bruscamente al monstruo de dos cabezas. Ahora solo está Botella pero la cara le brilla más que nunca. Sonríe como una psicópata de labios rojos. Sus pendientes son gigantes. Tiene negro entre los dientes. Diós, lleva cinco kilos de laca en el pelo.
Entonces me coloca una servilleta blanca bordada bajo la barbilla y comienza a darme de comer una cosa que no es mierda pero que se le parece mucho.
Que baje alguien a comprar una botella de whiski.
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